Obdulia, la última gran bruja.

Hoy voy a hacer algo diferente a lo que estáis acostumbrados los que me leéis asiduamente: en vez de hablar sobre Economía, voy a hacer una larga disertación sobre el papel tradicional de las brujas en la sociedad (andaluza, española, europea).

¿Por qué este tema en concreto? Por varios motivos.

1. El principal es porque ahora que vive mi madre conmigo, no para de recordar cosas de tiempos antiguos y de contarme anécdotas más antiguas que la tos. Y como no para de ponerme la cabeza como un bombo rociero con sus cuentos de abuela de casi noventa años pues ya aprovecho y dejo constancia por escrito de muchas de esas historias, para que no se pierdan y puedan ser aprovechadas por generaciones posteriores, mi hijo incluido.

2. ¿Por qué esta historia en concreto sobre las brujas? Porque al contrario de lo que mucha gente cree, existieron. Pero no fueron como mucha otra gente se cree hoy en día que pudieron ser. Y dado que este blog que estáis leyendo va de desmitificar falsas creencias y mitos y, encima son falsedades sobre cuestiones ya de por sí «ocultistas» y «paranormales» pues como que hago «doblete escéptico» (desmitificando falsedades sobre mitos).

3. Otro motivo es porque quiero hacer justicia y dar mérito a la memoria de esta señora en concreto, Obdulia de Camas. Porque fue una buena persona que acogió y ayudó a mi familia en unos momentos de grandísima necesidad, más allá de que fuera una bruja de tomo y lomo.

4. El otro gran motivo es porque quiero combatir la visión desacertada que tienen muchas personas sobre lo que fueron las brujas. Tengo un interés particular en esto porque mi «bisabuela adoptiva» Obdulia fue una de las últimas si no la última gran bruja de Andalucía occidental y la historia de su persona desmiente muchos de los mitos actuales que circulan entre determinados sectores del feminismo radical, ése de los pelos de colores llamativos y lemas como «machete al machote» y, quizás, entre algunos partidarios del wiccanismo.

Desarrollo más este punto: muchas feministas radicales modernas han idealizado y/o tergiversado el tradicional papel de las brujas en nuestras sociedades. He oído y leído disparates de todo tipo, estos son sólo algunos:

-Las hay que dicen que las brujas fueron perseguidas porque el patriarcado las veía como un ataque directo a la dominación masculina de la sociedad, algo así como las representantes de un feminismo consciente y combativo de la época. Nada más alejado de la realidad.
-Que la Iglesia las tenía como representantes de un culto pagano centrado en el culto a la Madre Tierra que se retrotraía a tiempos prehistóricos.
-Y que por ello fueron perseguidas adrede por la Inquisición hasta el punto de o ser extinguidas o terminar con la transmisión tradicional de sus conocimientos. Supuestamente todas o la mayoría murieron condenadas en la hoguera o fueron asesinadas por las turbas con horcas, picas y antorchas.
-Muchas de estas feministas (la mayoría, neopaganas) muy especialmente las que hablan inglés (porque todo esto no viene de España o Hispanoamérica, sino de los Estados Unidos y de Gran Bretaña, cómo no) aseguran que esta tradición de brujería se mantuvo y fue transmitida de manera oculta hasta que fue redescubierta (mira tú qué casualidad) allá por los años cincuenta por el fundador de la religión wiccana, Gerald Gardner, un tipo que se inventó la inmensa mayor parte de lo que afirmaba.

No voy a hablar específicamente del paganismo wiccano por una sencilla razón: no es de lo que he venido a hablar aquí. Pero ya que estamos os lo resumo: el wiccanismo es una «tradición espiritual» que es ajena a nuestra cultura local, es una invención aglosajona reciente, una deformación muy interesada de algunos conceptos supuestamente tradicionales de lo que constituyó la brujería europea, a partir de la cual se ha montado (conscientemente) un entramado religioso. Eso sí, de la misma forma que cuando traté el budismo secular para vosotros desmitificando que fuera una «religión atea», lectores, me reafirmo:

Mirad, yo… ¿qué queréis que os diga?

Yo no quiero hablar en contra del budismo secular en concreto porque, sinceramente, me parece un avance con respecto al budismo, llamémosle “tradicional.” Ni tan siquiera estoy necesariamente en contra de sus autores aunque tengo que decir que algunos de ellos se benefician económicamente de esta «creación.» Es legítimo y en su derecho están a exponer sus creencias aunque sean inventadas. Incluso a modificar las ya existentes. A fin de cuentas las religiones no son monolíticas y sufren evoluciones y reinterpretaciones con el paso del tiempo (y también fueron inventadas en su día, de manera sincera o no). Ni quiero ni puedo negar eso.

Lo que yo pretendo hacer con este artículo y ateniéndome al mismo principio de libertad de expresión son estas cosas:

1) Quiero hacer una crítica de índole más bien academicista, de atenernos a la realidad de las definiciones, de delimitar y ser precisos.

2) Y de atenernos a la honestidad.

El budismo, como religión en general, tiene dioses.

Es también mi opinión que las religiones son un fenómeno creado por las personas que no es el ideal para gestionar el devenir de una sociedad pero que cada cual se crea lo que quiera aunque sea inventado conscientemente si no me afecta para mal. Lo que pretendo hacer es desmentir la falsa idealización que a partir de algunas ideas del wiccanismo, que es un sistema de creencias inventado, se han sacado de la manga algunas de las más radicales defensoras del llamado “feminismo de tercera ola” que comulgan con alguna variante de esta corriente espiritual (no todas tergiversan el papel de las auténticas brujas). Porque se han montado una película que no es y que le hace flaco favor al que, desde mi punto de vista, es el auténtico feminismo combativo.

Un aviso antes de empezar: el que os está escribiendo es «zurdo». Un progresista. Jamás he ocultado ese hecho. Soy un firme defensor de la igualdad de derechos de la mujer como parte inalienable que es de la sociedad humana. El feminismo ha hecho, hace y hará falta para defender el papel de la mujer, papel que NO voy a dejar de afirmar tampoco, ha sido postergado, maltratado, etc., desde siempre en nuestras sociedades. Una injusticia existencial que ha habido que cambiar. Luchando. Pero luchando bien, como hay que hacerlo: desde el asociacionismo, la política, la reivindicación de derechos civiles, señalando las incoherencias del machismo establecido culturalmente, etc., no desde el pintarse los pelos del sobaco de colores, con lemas como “machete al machote”, cambiándole los pronombres al lenguaje inclusivo e inventándose chorradas sobre las brujas que son mentira y tampoco es que ayuden en nada. Ésa es mi opinión y al que (o a la que) no le guste pues que se peine para un lado y luego para el otro (si tiene suficiente pelo).

Soy un progresista sin tontás (with a no nonsense approach, que se dice ahora). Y este artículo va de quitar muchas, muchísimas tontás de enmedio.

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Trasfondo.

A lo que iba: las brujas no fueron lo que estas personas afirman y la figura de Obdulia, una de las últimas brujas, lo desmiente totalmente.

Sí, tuve una persona muy influyente en la historia de mi familia que era bruja, la llamaban así: “bruja”… y se dedicaba a ser bruja en los tiempos allá cuando Franco todavía se hablaba con Hitler.

Nunca llegué a conocer a Obdulia ya que murió muchísimo antes de que yo naciera pero dio que hablar, como todos los personajes populares que se hicieron notar. Todo lo que os voy a decir proviene del testimonio de parientes y de gentes de su pueblo que se tomaron la molestia de recordar las anécdotas curiosas alrededor de su muy colorida persona.

Eran los tiempos de la posguerra, La Jambre, como llamaban nuestros mayores a la época que iba desde la mitad de la Guerra Civil a bien entrados los años cincuenta. Fue una época muy oscura, muy triste, en la que se pasó muchísima necesidad. Mucha miseria… y mucha, muchísima hambre. Pero hambre de las de verdad, de la de no saber si se iba a poder comer por la noche o al día siguiente.

Esto ya lo he comentado en numerosas ocasiones a lo largo del blog pero venga, una vez más, para entrar en contexto.

Manuel Cabello Callejo

Manuel Cabello Callejo (fallecido fusilado el 26 de octubre de 1936). Mi bisabuelo materno. Fue el último alcalde republicano de Camas, provincia de Sevilla. La historia del hombre da para una película. De izquierdas y republicano, además de ateo, se le recuerda por haber creado una escuela femenina laica. No hubo un gobernador militar al que no cabreara. Aparte de no llevarse bien con la Iglesia (no bautizó a sus hijas), hubo otro «motivo» para que lo fusilaran los franquistas. Durante la Sanjurjada de 1932, como alcalde dio orden a los dos agentes municipales que había de crear un puesto de control en el camino a Sevilla. Uno de los guardias no quiso presentarse. Manuel lo despidió. Cuando años después sucedió la batalla de La Pañoleta, este mismo exguardia lo denunció a los golpistas, los cuales lo arrestaron y fusilaron posteriormente. En la familia no tenemos constancia de que él tuviera nada que ver con la llegada de la columna de mineros de Huelva. No sabemos dónde está enterrado. Pero su mujer logró con un coraje digno de mayor encomio (eso sí fue una mujer empoderada) que el comandante de la prisión le firmara el certificado de fusilamiento, siendo de los pocos represaliados andaluces con tal registro. Sus familiares quedaron «marcados» como parias sociales después de aquello durante años.

Mi bisabuelo, Manuel Cabello, fue el último alcalde republicano de Camas, un pueblecito del Aljarafe sevillano (sí, de donde son Curro Romero y Sergio Ramos) muy, muy cercano a la capital, Sevilla. Él era socialista (y ateo) y cuando los franquistas de Queipo de Llano ganaron la batalla de La Pañoleta contra la columna de mineros onubenses que venían a la capital andaluza, de inmediato se dedicaron a la represión. Fusilaron a mi bisabuelo y encarcelaron a varios más de los suyos, mi abuelo José y mi tío abuelo entre ellos. Mi abuelo murió de resultas de las torturas que sufrió en la cárcel.

Os podéis imaginar lo que le esperaba en la España franquista a la familia de un político de izquierdas. Nadie les miraba a la cara y siempre eran los últimos para todo, abandonados a su suerte. Al principio, mi familia pues me imagino que como todas las españolas de la época y como ha sido tradicionalmente, se apoyaban los unos a los otros. Pero conforme fue pasando el tiempo, mis bisabuelas y bisabuelos se fueron muriendo y mi abuela Concepción quedó sola, con cinco hijos (mi madre, la hija más joven, entre ellos). Pasaron penalidades sin cuento.

Pero hubo una persona que se apiadó de ellos: Obdulia.

A esta mujer, que era vecina puerta con puerta de mi abuela, le dio muchísima pena de la suerte de mi familia, y la acogió como si fuera la suya. Tanto, que mis tíos y mi madre la llamaban cariñosamente «abuela».

Udulia, como también la llamaban, se casó pero ya era viuda cuando ayudó a hacerse cargo de mi familia (nació en el siglo XIX) y, como nunca tuvo hijos, medio adoptó a los hijos de su vecina, los cuales jugaban delante de su puerta y le hacían recados y tareas hogareñas y le hacían compañía mientras mi abuela trabajaba en una envasadora de aceitunas. Las puertas de su casa siempre estuvieron abiertas para mi gente, y si podía darles un puchero (sí, tenía un caldero), una paloma asada o un mendrugo de pan, la buena mujer se lo daba. Máxime cuando el difunto marido de Obdulia era agricultor independiente y sus pocas tierras (que alquilaba) le daban para vivir. Además, tenía otra fuente de ingresos, una muy inusual.

Obdulia era bruja.

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Sobre el papel de las brujas en las sociedades rurales tradicionales.

Más de alguno que lea, seguramente una persona bienintencionada pero desconectada de nuestras raíces culturales, se estará preguntando tras leer esto… «Pero, José María, ¿las brujas existieron?»

Joder que sí. Y hasta los años cincuenta que yo sepa.

Ojo, que estoy hablando de la experiencia que tengo en mi entorno, en la Baja Andalucía. Seguro que más de uno o una os puede dar ejemplos de meigas gallegas o brujas gitanas que conocieron sus parientes y a buen seguro que hubo algunas de estas mujeres que vivieron más allá de esa fecha.

«¿Y las llamaban y se llamaban a sí mismas así, brujas?»

Sí.

«¿Y no eran perseguidas por las autoridades de la época o por la iglesia? ¿Hubo brujas a cara descubierta hasta hace poco?»

No y sí.

Pero no adelantemos.

¿Por dónde empiezo?

Las brujas no surgieron de la nada. Las brujas vinieron a cubrir una serie de necesidades que había en nuestras sociedades tradicionalmente rurales y agrarias. Y que eran sociedades muy, muy pobres, con pocos medios y muy ignorantes y supersticiosas.

Obdulia murió a principios de la década de los años cincuenta del siglo XX (mis familiares no me supieron ser más precisos). En aquella época y anteriores había muy pocos médicos y los pocos que había estaban a disposición de los más ricos y, sobre todo, en las ciudades. Ella era la “profesional” de la “curación popular” de una comarca del valle del Guadalquivir. Eso es a lo que se dedicaba como forma de complementar los escasos ingresos de su marido, que era un agricultor independiente pero de pocos medios. La gente le venía pidiendo consejos o remedios sobre cuestiones muy variopintas: desde cómo curar a una mula enferma hasta cómo bajar la fiebre, tratar “un aire” o aliviar un “tabardillo”.

Ha existido, desde siempre, la necesidad de tener gente especializada en poder curar, tratar afecciones específicas, atender partos, guiar embarazos y crianza de hijos, y cosas así por la sencilla razón de que no había ni médicos ni una Medicina propiamente dicha. Y digo “gente” porque no sólo eran mujeres. En Andalucía y en toda España, desde tiempos inmemoriales, ha existido una larguísima tradición de “curanderos”, tanto hombres como mujeres. Curanderos y brujas son prácticamente lo mismo. En nuestro entorno es muy frecuente que el que sabe de hierbas también sea curandero de los de imponer las manos y te sepa dónde cavar un pozo (zahoríes). Es decir, que es falso que “sólo” hubiera brujas. También hubo brujos que cumplían la misma función. Eran más escasos, sí, pero no era un “arte” exclusivo de mujeres. Así que ya empezamos mal.

En España o, al menos en el sur, las tres profesiones rurales interrelacionadas de la «magia popular» han sido tradicionalmente:

-Los zahoríes (o «brujos»). Sobre ellos ya he hablado en un ensayo específico y con conocimiento de causa porque pude tratar con uno, el que contrató la empresa de abrir pozos a la que acudí.
-Los curanderos o sanadores.
-Las brujas propiamente dichas.

Estas tres «profesiones» o prácticas, a falta de un nombre mejor, tienen bastantes cosas en común: las realizan gentes en los ámbitos rurales cumpliendo funciones de resolución de problemas muy, muy comunes, muy cotidianos, con un componente esotérico o mágico, muy rodeado de superstición popular… cuando no se tiene a mano una solución mejor. En español no hay un término preciso para referirse a los tres a la vez, en inglés se les conoce como cunnig folk o términos similares.

En líneas generales, solía haber únicamente uno o muy pocos practicantes de estas artes por localidad porque sus funciones se solapaban. Era muy frecuente encontrarse con que el zahorí del pueblo supiera también curar, de hierbas, pronosticara el tiempo con las cabañuelas y ayudara a parir a una vaca a la vez que te localizaba dónde abrir un pozo, que era su especialidad. Curanderas y brujas se solapaban todavía más porque ambas prácticas comparten muchos elementos en común, principalmente su supuesta capacidad para curar y la labor como matronas o parteras. Es más, no era infrecuente que a una curandera la llamaran «bruja» (normalmente a escondidas, hay que reconocer que el término tenía cierta carga peyorativa). El principal elemento diferenciador entre curanderas y brujas, cuando se daba, era la supuesta capacidad de la bruja de causar daño. El lanzamiento de maldiciones, vaya.

Aclaramos un poco más para evitar confusiones. En mi entorno cultural:

-Un zahorí es alguien especializado en localizar los mejores lugares donde poder abrir un pozo. Aunque han existido mujeres zahoríes, suelen ser principalmente hombres. En el ensayo en cuestión que os dije antes os explico por qué.
-Una curandera o «mujer de gracia» es una persona supuestamente capaz de curar. De varias formas: a través del uso de hierbas, oraciones y rituales como la imposición de manos y/o a través de la práctica de absorber la enfermedad del enfermo y luego sanarse ella misma. Puede haber y, de hecho hay, curanderos pero lo más frecuente es que sean mujeres, al menos en mi Andalucía natal.
-Una bruja es una mujer de ámbito rural con la supuesta capacidad de poder hacer daño por medios esotéricos, principalmente a través de las maldiciones. Pero en la práctica del día a día de la primera mitad del siglo XX para atrás, una bruja venía a ser una curandera con algún matiz maléfico o, más bien, siniestro, que podía hacerte daño (maldecirte) si la hacías enfadar. Es decir, una característica muy particular de la bruja es que daba miedo a sus convencinos.

Nota cultural para evitar confusiones. En inglés el término witch, que solemos traducir como «bruja» SÍ puede referirse tanto a hombres como a mujeres pero en español, NO: una bruja siempre es un término femenino. Para referirse a un practicante masculino, hay que emplear el término «brujo»… y ese término no suele tener exactamente el mismo significado que el de «bruja». Es muy raro que un brujo ayudara a parir a una mujer embarazada, por ejemplo.

Nota cultural y aviso para lectores latinoamericanos: lo que se entiende por «curandero» en Latinoamérica NO es lo mismo que lo que se entiende en la península ibérica aunque pueda parecerlo por la conexión cultural de los tiempos coloniales, muy especialmente en el aspecto «católico» de su práctica. La tradición de curanderos en América está muy influenciada por creencias culturales indígenas, mientras que en España y Portugal, la tradición entronca mucho más con las prácticas genéricas europeas de «magia popular».

Seguimos.

Pero todo eso son diferencias o definiciones casi que académicas. En la práctica, y vuelvo a insistir en ello, las funciones de las tres «profesiones» se solapaban e interrelacionaban y no era infrecuente que a la misma mujer la llamaran «curandera» o «bruja» o al zahorí, «brujo».

Pero con Obdulia no hubo dudas. Era bruja pero bruja, bruja. No la llamaron nunca «curandera». Ahora veremos por qué.

Fuente de las imágenes.

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Obdulia como bruja.

De lo que más sabía esta mujer… os lo podréis imaginar: de hierbas. En aquella época había un tratamiento vegetal casi para cada aflicción. Ella llegó a tener un pequeño huerto donde cultivaba las hierbas más habituales como la manzanilla, hinojo, ruda (ya veremos para qué), perejil para desinfectar, etc. Hierbas que complementaba a veces con remedios más típicos de la magia simpática: grasa animal y sangre de toro (un componente mágico para las curaciones tradicionalmente muy hispánico), sobre todo, para tratar la tuberculosis tan frecuente por entonces, caldos de tuétano de hueso y cosas así. Con todo ello hacía las típicas cataplasmas, infusiones, brebajes, incluso algún cosmético (“potingues”, decía ella). Las típicas pociones de las películas… no. Nadie recuerda haberla visto hacer un filtro de amor ni chorradas de ésas. Los recursos de la época eran escasos y no estaban para esas cosas que fallaban mucho sino para lo verdaderamente importante: curar. Y solían pagarle en especie (gallinas, huevos, harina, aceite…). Dinero hizo poco, la verdad.

Sus clientes eran, principalmente, de la misma clase social que ella: familias de campesinos, gañanes, peones, aparceros… Gente muy, muy pobre. Muy inculta. Ni Obdulia ni casi nadie de su comarca sabían leer ni escribir. Nada. Cero. Todas esas historias sobre que las brujas tenían grimorios o libros de hechizos, sabían latín para conjurar demonios y demás son, por tanto, rematadamente falsas. Si no sabian escribir su propia lengua, menos iban a saber escribir en latín.

Y digo “principalmente” porque había excepciones. Las brujas buenas en sus artes y cuya fama se extendía boca a boca, como Obdulia, eran solicitadas también ocasionalmente por gentes de clases más acomodadas para dos funciones, éstas sí, eminentemente femeninas: reparaciones de hímenes y abortos.

Me contaron que Obdulia era muy buena dándole a la aguja y a ella acudían otras mujeres, algunas de clase media o alta, que venían incluso de las capitales de provincia, a que les recuperara la virginidad a quienes la habían perdido y querían presentarla ante sus maridos en la noche de bodas. En aquella época lo de la virginidad se llevaba a rajatabla y la que no se presentaba virgen al matrimonio, perdía su honra y la de su familia con gravísimas consecuencias sociales. Eso sí, tiemblo de pensar en las “operaciones” que hacía esta mujer en las vaginas de sus clientas, con aguja e hilo de coser, sin desinfección… y con una anestesia que dejaba que desear en su eficacia. Éstas no me las contaron sobre Obdulia pero, al parecer, históricamente han existido multitud de técnicas (registradas incluso en nuestra literatura) para simular la virginidad la noche de bodas: desde la clásica y ya citada operación de restitución del himen o coser pellejos de animal hasta, si no era posible, introducir vísceras sangrientas en la vagina, cremas para estrecharla y que diera la sensación al marido de «poco uso», pasando por colorantes o pociones que hicieran que la orina se volviera de color rojo.

Mi abuela aseguraba incluso que “hería adrede” el interior de la vagina para que sangrara la noche de bodas. De haber sido una feminista convencida como bruja, se habría opuesto frontalmente al patriarcado luchando por la desmitificación de la virginidad… en vez de preservar el concepto e incluso alentarlo con sus artes.

De hecho, las únicas veces que esta mujer logró hacer algo de dinero fue precisamente atendiendo a mujeres de clase alta que querían, a escondidas, que les “repararan” la virginidad o… les practicara un aborto (necesario o no). Para eso usaba la ruda y otras hierbas. Como abortivo. Pero vamos que, básicamente, recurría a sus artes “quirúrgicas” para sacar al feto. Las hierbas eran una ayuda. La verdad es que no practicó muchos abortos, fueron excepcionales. En España se prefería dar en adopción al niño a la Iglesia a través de un hospicio para expósitos y mantener las cosas en secreto pariendo en un entorno cerrado y ocultando embarazos con las anchas ropas de la época.

Obdulia practicó poco como matrona aunque sabía hacerlo. En Camas ya había bastantes matronas y parteras… y como Obdulia le daba miedo a muchas mujeres, preferían no acudir a ella si no era necesario.

La práctica del aborto fue lo único en que se opuso frontalmente a la Iglesia. Lo único. Y a escondidas. Para todo lo demás, Obdulia, como la inmensa mayoría de brujas que la precedieron eran ultracatólicas. «Beatas», en lenguaje coloquial. Es ab-so-lu-ta-men-te falso que las brujas (las andaluzas, al menos) fueran sacerdotisas de cultos paganos, que adoraran a otros dioses o tan siquiera que tuvieran presente el concepto de diosa Madre. Obdulia era de las de ir a misa a diario y de estar sieeeeempre con refranes en la boca y oraciones, rezaba muchísimo. Muchos de sus mal llamados “hechizos” no eran más que oraciones e invocaciones a santos de todo tipo. Una apreciación: me río yo de la santería cubana con sus orishas disfrazados de santos católicos. Eso no es un invento novedoso de origen exclusivamente afroamericano como muchos repiten sin saber de sus orígenes. Eso de tener a los santos como un panteón de pseudodivinidades especializadas es más antiguo que los balcones de palo y más europeo que Eurovisión. Y eso de “traspasar” los antiguos dioses a santos mediante el sincretismo se da por todo el continente. O lo de atribuirles poderes adicionales. De siempre se le ha pedido trabajo a San Pancracio, a San Isidro que llueva y a Santa Bárbara que no caiga el rayo. Obdulia siempre dijo que su conocimiento se lo debía a un don de Dios. Bueno, a eso y que siempre estaba intercambiando experiencias y conocimientos con sus comadres. Que es como siempre se ha aprendido de hierbas y de partos de toda la vida: hablando unas con otras y fijándose en cómo lo hacen. Todo oral, funcional y consuetudinario. Nada de transmisión por escrito, ni runas, ni hostias.

Sí es cierto que hay una cuestión algo relacionada con lo que afirman las feministas radicales acerca de la diosa Madre en tanto que los católicos le han concedido tradicionalmente una grandísima importancia a la Virgen María (más de la que se le da en la Biblia) como figura materna y protectora y que esa importancia se ha manifestado en la cantidad de invocaciones marianas, peticiones a la Madre de Dios, etc., que han hecho las brujas y curanderos de nuestra tierra. Pero eso no es una cuestión que devenga necesariamente de un paganismo consciente adorador de la diosa Madre, es una cuestión cultural relacionada pero aparte, muy propia de los países católicos. Por mucho marianismo que hubiera, ni a Obdulia ni a su entorno se le pasó nunca por la cabeza que la Virgen María fuera superior a Dios aunque hay que admitir que a un observador ajeno a nuestra tradición cultural le pueda parecer lo contrario al observar lo exagerado de la adoración mariana a las imágenes procesionales. La Virgen es una intercesora, una intermediaria, no una deidad en sí misma, aparte, igual o superior al dios cristiano. Pero que la importancia de la Virgen en el culto no era sólo una creencia de brujas sino de las gentes de TODOS los sexos, estamentos y clases, hasta los reyes. Incluso los curas reafirmaban la importancia de María, no la menospreciaban como hacen los protestantes evangélicos hoy en día.

Nuestra_Señora_de_los_Dolores_-_Camas_(Sevilla)

Imagen de Nuestra Señora de los Dolores, patrona de Camas, Sevilla, en la parroquia de Nuestra Señora de Gracia. Obdulia la bruja era, como la inmensa mayoría de cameros, devota de esta Virgen. 1819. Autor: Juan de Astorga Cubero.

¿Fue Obdulia una feminista convencida? Para nada. Mucha bruja y lo que tú quieras pero cuando venía su marido de trabajar en el campo, la comida en la mesa y el botijo con agua en la puerta. Y si el marido le gritaba y la ponía verde si se había retrasado a la hora de hacer la comida porque estaba en la iglesia rezando o atendiendo el parto de una jaca, ella a aguantarse. Hay incluso algún testimonio de gente que le venía pidiendo algún remedio para que le naciera un hijo varón (se les prefería para trabajar en el campo) en vez de niña y ella hacía todo lo que estuviera en su mano. Cataplasmas, principalmente. Y mucho rezo. ¿Funcionaba? Como os podéis imaginar… al cincuenta por ciento.

¿Y qué fue lo que señaló a Obdulia como bruja tanto como para que no hubiera dudas para calificarla así?

Principalmente… que Obdulia daba miedo. Sí, se apiadó de mi familia y no era una paria excluida de la sociedad pero sí fue una mujer que cuidaba mucho su aura de misterio con tintes siniestros y a la que se miraba muchas veces con recelo. Era muy seria y de poca risa. De hecho, no dejaba entrar a nadie en todas las partes de su casa y se tomaba con mucha seriedad su papel como practicante de su arte. Cuando se murió (y lo hizo en su cama, de noche, bajo la atenta mirada de chorrocientas fotografías y retratos de vírgenes, cristos, santos y santas que casi empapelaban su cuarto) NADIE tuvo cojones de tocar el cadáver o tan siquiera acercarse tras descubrirlo mi tío Paco. Cuando los de la funeraria (y les costó lo suyo superar las supersticiones) se llevaron el cuerpo, se encontraron con que tenía amuletos y bolsas con hierbas por todas partes: metidos en las medias, colgando del rosario, en los bolsillos… Más leña para la hoguera de las anécdotas sobre Obdulia.

Aparte, hubo otros dos elementos que la significaron como bruja de pleno derecho.

De maldiciones, sólo tenemos constancia de una y al estilo gitano: cuando los franquistas encerraron a su marido, que estuvo en una cooperativa olivarera de la República y en un sindicato agrario, se plantó en mitad de la plaza mayor frente a la Casa Consistorial y puso al alcalde y al gobernador militar “finos filipinos”: les dijo de todo e invocó a todos los santos habidos y por haber a grito pelado. Que si se iban a quedar tuertos, que si “su semilla” se iba a pudrir (una de las más típicas maldiciones gitanas y de brujas: la impotencia) y que mal rayo les partiera. Y lo soltaron. Pero no por miedo a la maldición sino que como se llevaba tan bien con el cura del pueblo y era tan devota católica, que éste intercedió por su marido. Nótese que aquellas maldiciones no eran hechizos en sí mismos sino invocaciones a Dios, la Virgen y los santos pidiendo justicia o reparación. Eso de los hechizos y las maldiciones de las brujas de verdad es que eran cosas muy cutres, desesperadas, improvisadas… yo no veo por ninguna parte esos conjuros específicos y rituales complejos con ingredientes y calderos de los que hablan los wiccanos. Era una cosa más sencilla, más rural, casi sin sistema, que confiaba en el carisma propiamente dicho de la bruja para ser efectiva. Lo más sistemático que tenía Obdulia en su arsenal mágico eran los refranes, las supersticiones como no comer pera a la vez que se bebe vino y los rituales eran todos cosas más propias del cristianismo, como celebrar el Día de Difuntos tapándolo todo con trapos negros, no comer carne los viernes, y así.

Lo que más la distinguió de otras brujas típicas de la época y que, de ser cierto, indicaría que estaba a otro nivel superior con respecto a ellas, es una anécdota que proviene de un solo testimonio, el de mi tío Paco, carpintero (tonelero), al que llamó para que le arreglara una puerta rota a coces por un borrico. Cuando entró en la casa, le dio curiosidad y forzó la puerta atrancada de una habitación que ya no se usaba porque se había muerto su marido. Lo que encontró allí le hizo salir zumbando tras volver a atrancarla: resulta que sobre las paredes encaladas (muy típico en Andalucía) Obdulia había pintado con picón círculos que se entrelazaban unos con otros, y dentro de cada círculo había clavado con clavos, objetos y cosas pertenecientes a gentes del pueblo: pedazos de tela, mechones de cabello, flores secas e incluso alguna muñeca. Nunca se habló en vida de ella de lo que encontró allí este hombre porque la gente le tenía mucho miedo a Obdulia pero visto lo visto, debía ser alguna forma primitiva, casera, improvisada… de magia de círculos. Una vez más, magia simpática, de asociación. Seguramente era una forma psicológica de ejercer una apariencia de control sobre la gente de su entorno.

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Página del libro The Discovery of Witchcraft de Reginald Scot, 1584. En él podemos ver el ejemplo de un círculo mágico. Reginald Scot fue un escéptico de la creencia en la brujería y en este tratado expone muchas de las falsedades sobre la misma, dándole categoría de «charlatanería». En honor a la verdad, esos círculos son más propios de los hechiceros y alquimistas, «profesionales de la magia» de una índole más urbana que la eminentemente rural de las brujas. Los círculos que se encontraron en la casa de Obdulia no eran tan perfeccionados como éste, sino una cosa mucho, muchísimo más cutre e intuitiva, más cercano a un «vudú campechano» que a la hechicería hermética de fórmulas y trigonometría mística.

Más relacionado con la Historia pero confirmado por nuestra experiencia con Obdulia: no hubo nunca una tradición concreta de brujería, ni un culto establecido con rituales específicos. Nada de eso. Las brujas se transmitían sus conocimientos de unas a otras o contaban con su propia experiencia. La Iglesia Católica no extirpó ninguna tradición de culto pagano “brujil” por la sencilla razón de que nunca jamás hubo uno, eso es una dramatización actual. No hubo ni continuidad ni discontinuidad milenaria alguna, eso también es falso. Hubo brujas en la Edad Media, en el siglo XVII y hasta los años cincuenta (si no más tarde aún). Y convivieron con la Iglesia y su doctrina pues porque no constituían un ataque directo. Los registros de la Inquisición española indican que sólo se quemó en la hoguera a cincuenta y nueve brujas en trescientos cincuenta años y a la inmensa mayoría se las quemó no por ser brujas de pueblo sino por esta relacionadas con casos de escándalos y desórdenes sociales tales como participar en orgías o, directamente, por falsas acusaciones (caso de las brujas de Zugarramurdi), desecrar iglesias (lo que se entendía entonces por eso), jurar en falso, cagarse en los muertos de un obispo, etc. Es decir, que de haber sido cierto que la Inquisición las extinguió… habrían surgido en la generación siguiente de forma prácticamente espontánea porque por cojones se necesitaba a alguien que le curara la diarrea al herrero del pueblo, ayudara a parir a la yegua de Ramiro o practicara un aborto a la duquesa de Lebrija. Las brujas, más que un culto organizado, constituyen una ocupación, vienen a llenar un nicho profesional en un entorno pobre, inculto y más o menos costumbrista. La Inquisición, en España al menos, estuvo más centrada en perseguir herejes protestantes, filósofos protestones, rebeldes políticos y judíos ocultos, que afectaban más gravemente al orden social establecido que en acabar con unas mujeres sin prácticamente relevancia socioeconómica en áreas rurales perdidas de la mano de Dios.

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Recapitulación. Mi opinión y mi homenaje.

Y ya para finalizar, en mi opinión eso de inventarse o mentir sobre cómo eran las brujas de verdad que están haciendo algunas corrientes del feminismo más radical o del wiccanismo más desnortado es una tontá que no ayuda en nada a la verdadera lucha feminista. No aporta nada relevante, es rematadamente falso y lo que hace es poner en contra a muchos, causando oposición por lo ridículo y exagerado de las afirmaciones y, por qué no decirlo, causando también desprecio y que muchas personas, que podrían ser aliados potenciales, no se tomen en serio el movimiento feminista o la lucha por la liberación de la mujer, en general.

La historia de las brujas en nuestra cultura no huele a pociones perfumadas, azufre o a vapores místicos de un caldero sino a sudor, boñiga de caballo y a líquido amniótico de embarazada. No hubo grimorios en los pobres estantes de las chozas de nuestras brujas que no sabían leer ni se rezaba a ninguna diosa Madre sino a los santos y a la Virgen del pueblo (que había una o más de una por cada pueblo).

El verdadero mérito de las brujas residió en ser unas mujeres que, con sus vicios y virtudes, ayudaron a nuestras sociedades a sobrellevar las penurias de sus respectivas épocas. Ayudaron a parir, a cultivar, a abortar, a sanar en las medidas de sus posiblidades cuando todavía no había una Ciencia o no la había al alcance de la mano. Justamente cuando esa misma Ciencia se fue haciendo más accesible (como, por ejemplo, la Medicina) fue que las brujas fueron desapareciendo. Porque se encontró una opción mucho mejor. No fue la Inquisición la que acabó con ellas porque las brujas en verdad nunca le importaron demasiado a la Iglesia… No tenían relevancia. Simple y llanamente. A las brujas las hicieron desaparecer las medicinas, los ambulatorios, los microscopios y las vacunas, no las hogueras en mitad de la plaza mayor.

El mejor ejemplo lo tenemos, una vez más, en Obdulia. Nadie recogió su testigo como «la bruja del pueblo». ¿Para qué? Ya empezaron a surgir los hospitales donde parir de manera segura y la creación de la Seguridad Social hizo accesible una Sanidad pública y gratuita para todos los ciudadanos. Y me van a perdonar por no ser muy poético o romántico pero… no hay hechizo ni conjuro que supere ese enorme logro que se asemeja muchísimo más a un «milagro» de lo que jamás lograron ni las brujas ni la Iglesia.

Cuando se legalizó el aborto en 1985 incluso desapareció el que quizás fuera el último «reducto profesional tradicional» de las brujas en España. Afortunadamente.

Creo sinceramente que no hay ninguna necesidad de embellecer artificialmente o inventarse mentiras sobre el papel de las brujas de nuestra tradición cultural porque… ¿qué logramos con ello? ¿Mentirnos a nosotros mismos? ¿Olvidar quiénes fuimos y de dónde venimos? ¿Traicionar a nuestra Historia? ¿Engañar a las generaciones venideras?

No pienso permitirlo. No es justo. Como no es justo que se olvide la historia de una mujer que nos demostró a todos que las brujas, digan lo que digan los cuentos… no siempre son malas.

Gracias por todo lo que hizo por mi familia, doña Obdulia. Donde quiera que esté.

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